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OPINIÓN: El mal romance de las montañas de Honduras y los huracanes de noviembre


Inundaciones históricas, albergues hacinados y el COVID-19 merodeando. Los dos huracanes de fuerza mayor que se han registrado este mes de noviembre en el Caribe, Eta y Iota, se han ensañado con Centroamérica.

Pero si bien ambos huracanes tocaron tierra en la llana y selvática costa norte de Nicaragua, ha sido en los escasos, pero muy poblados valles costeros de la montañosa Honduras donde las lluvias incesantes de las bandas de estos ciclones han concentrado las mayores calamidades.

En un país cuya orografía parece una fotografía de la inestable belleza de un mar picado, ha llovido un huracán entero sobre mojado. Y encima de esto, ha sucedido en plena pandemia.

El valle de Sula, principal motor económico del Honduras y escenario sobre el que se despliega la segunda ciudad hondureña, San Pedro Sula, y sus ciudades satélites -Villanueva, Choloma, La Lima, El Progreso y Puerto Cortés-, vivió una madrugada de terror entre la noche del martes y la mañana del miércoles.

Gente forjada por la experiencia de vivir tormentas tropicales y huracanes, los sampedranos y demás residentes de este valle de intenso calor tropical no tenían la mente en los nubarrones sobre ellos. Pensaban en la lluvia tierra adentro, sobre las infinitas cadenas de montañas del occidente de Honduras, donde los húmedos aires del Caribe occidental arrastrados por el vórtice de Iota, así como antes por los de Eta, serían empujados por los picos hacia la atmósfera, condensando el vapor y provocando una copiosa precipitación, propia de una zona cercana al ojo de la tormenta.

Una mujer embarazada es evacuada en brazos de una zona inundada por el huracán Eta en Honduras, el jueves 5 de noviembre de 2020.

(Delmer Martinez/AP)

Así, las cabeceras de los dos grandes ríos que irrigan el estrecho Valle de Sula, el Ulúa y el Chamelecón, se hincharon a lo largo del martes con las aguas recolectadas en sus corrugadas cuencas, donde la precipitación superó el medio metro en la primera quincena de noviembre. Y hacia la mañana del miércoles, como masas embravecidas de color chocolate, adornadas por grandes árboles que arrastraban sus torrentes, la incesante crecida de estos ríos se derramó en las tierras bajas y planas de Sula, hogar de más de un millón de habitantes. Si bien Iota ha superado a Eta en lo que se refiere a la crecida del Ulúa y el Chamelecón, ambas tormentas han dejado crecidas mayores que las ocasionadas por el ya legendario huracán Mitch de 1998, de acuerdo con las autoridades de la Comisión Permanente de Contingencias de Honduras.

El panorama a mediodía del miércoles ha sido desolador. Iota ha venido a rematar lo que ya había iniciado con empeño su tormenta hermana, formando una enorme laguna en el centro de valle más poblado de Honduras.

Los diques de contención habían sido vencidos hace un par de semanas por Eta, sin tiempo para la reparación. Una ciudad entera, La Lima, se encontraba inundada, al igual que el aeropuerto y muchos barrios de viviendas populares del valle.

Los albergues estaban repletos, y los tejados de algunas casas, así como las lomas en las partes más alejadas del valle, sirvieron de refugio a los que no atendieron al llamado de evacuación. Hacia el jueves y el viernes, con el paulatino descenso del nivel del agua, se descubría en muchas de estas zonas urbanas un depósito de sedimento que en ocasiones superaba el marco de las ventanas.

Al igual que el resto del valle de Sula, el municipio costero de Puerto Cortés, que incluye los deltas de los ríos Úlua y Chamelecón, está desbordado por la emergencia, con cerca del 10% de su población evacuada y hacinada en albergues o casas de familiares. “22 comunidades han quedado inaccesibles, dejando a cerca de 4,500 personas aisladas a las que solamente por helicóptero podemos acceder. Hemos habilitado 172 albergues, donde se han refugiado 8,847 personas evacuadas. Pero también hubo otra cantidad de evacuados que acudieron a sus familiares. En total creemos que tenemos un total de 16,800 evacuados”, declaró Allan Ramos, alcalde de este municipio de 140,000 habitantes. A salvo del agua en los albergues, ahora la atención se centra en una posible explosión de COVID-19.

“Al llegar las personas a los albergues y otros refugios, lógicamente las consideraciones de bioseguridad pasaron a un segundo plano. Primero ha sido salvar la vida. Hemos brindado mascarillas y gel, pero en muchos albergues hay hacinamiento porque ha sido imposible albergar a tanta gente. Esto va a repercutir en el incremento del COVID en los próximos meses”, declaró Ramos, reflejando una situación similar a la de muchos municipios costeños de Honduras, aunque no se cuenta todavía con estadísticas oficiales. Los efectos de Eta y Iota, pues, se seguirán sintiendo semanas después de haberse disipado las tormentas.

La reconstrucción de un país perfecto para cosechar agua de huracanes

Honduras es un territorio que no admite un mal manejo de los suelos. Su hermoso paisaje accidentado frente a las aguas del Caribe occidental se vuelve extremadamente violento con las lluvias torrenciales cuando el equilibrio de sus infinitas laderas se ha visto afectado.

De acuerdo con el embajador de la Unión Europea en Honduras, el mallorquín Jaume Segura, la región de Centroamérica es la más frágil ante la volatilidad del clima a nivel mundial; y Honduras está entre uno de los 3 o 5 país más vulnerables.

Cuando todavía no habían cesado las lluvias del Huracán Iota, el embajador Segura no ha dudado en definir en televisión nacional la situación que vive este país como una ¨triple crisis¨ -dos huracanes y una pandemia-, ante lo cuál la Unión Europea intentará liderar la cooperación internacional en la lucha contra el cambio climático en este país.

Por su parte, el presidente hondureño, Juan Orlando Hernández, solicitó la tarde del miércoles a los países del G-16 “ayuda humanitaria y para la reconstrucción nacional”. Y si bien existe consenso entre la población nacional y los cooperantes internacionales acerca de la necesidad de reparar los daños, gran parte del país se muestra escéptico a un plan de ´reconstrucción´ que se edifique sobre un plan de contingencia y manejo territorial nacional que quedó a medio hacer tras las más de dos décadas que han pasado desde el último huracán de categoría 5 en devastar a Honduras -Mitch-.

La disfuncionalidad de la institucionalidad hondureña, junto a lo poco permisivo que es su territorio al mal manejo de su suelo, es una combinación perfecta para que los eventos climáticos extremos desaten periódicamente pérdidas materiales y tragedias humanas.

“Necesitamos un apoyo internacional condicionado por resultados, un plan profesional de reconstrucción que se aplique de verdad. Desde 1990 se habla de un plan de manejo de las cuencas de los ríos Úlua y Chamelecón, así como medidas de contingencia dentro del valle. Pero en el 2020 seguimos sin ningún tipo de planificación, sin atender el origen del problema: el manejo de la cuenca de estos ríos. Es necesario un esfuerzo integral porque los daños económicos son exponencialmente mayores a lo que significaría la inversión para un plan de manejo,” expresó el alcalde de Puerto Cortés, Allan Ramos.

Para el Decano de la Facultad de Ciencias de la Universidad de Honduras -UNAH-, el meteorólogo Nabil Kawas, en una sociedad empobrecida con centros urbanos mal concebidos, afrontar mejor los eventos de clima extremo, ya sea por sequía o inundación, es más un problema social que científico: “se necesita un ordenamiento territorial efectivo que dé solución a las necesidades de la sociedad, especialmente de los pobres, que son siempre los más vulnerables. Nuestro terreno tiene muchas cordilleras, lo que vuelve a la lluvia más intensa cuando vienen los huracanes. Pero huracanes siempre vendrán, por lo que lo que podemos cambiar es a nosotros mismos”.

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